Desde hace algún tiempo, en mi cabeza, he tenido la idea de que tanto las cosas buenas como las malas vienen de a tres. Del mismo modo, cuando uno requiere comprobar ciertas conjeturas, se consideran tres fuentes de información para validarla, "triangular información" es como le llaman en el DEP.
Al tratar de recordar alguna experiencia autobiográfica de socialización política, se me vinieron tres situaciones distintas a mi mente. Decidir entre ellas me fue imposible, pues consideraban dimensiones distintas y aparentemente inconexas entre sí.
La primera de ellas se remonta al 2005, año de elecciones parlamentarias en nuestro país. Yo iba en quinto básico, tenía diez años. Como tarea de alguna asignatura (no recuerdo cual) debíamos realizar, en grupos de cuatro personas, una breve entrevista a algún candidato a diputado o senador, y tomarnos una fotografía con esa persona. Esto a mí me parecía muy difícil de lograr, pues pensaba que "los políticos" tenían mucho trabajo que realizar, y que debían estar compartiendo con "gente importante" en la promoción de su candidatura. Esto se acrecentaba aún más al pensar en un pueblo pequeño como el mío: rural, habitado por un poco más de once mil personas. Una de mis compañeras se enteró que donde vivía (un pequeño sector de la comuna) asistiría Juan Pablo Letelier. Recuerdo que estuvimos mucho rato esperando, por lo menos unas tres horas después de su supuesto horario de llegada. Éramos cuatro cabras chicas, cansadas y con hambre, y más encima sin ningún adulto que pudiera acompañarnos. Una vez que la persona en cuestión apareció, sentí como si estuviera viendo a un rockstar, a alguien muy importante trabajando por cuidar a nuestro país, sentía que ni si quiera podía acercarme tanto debido a su cargo político. Debíamos cumplir con el trabajo del colegio, así que de todas formas tuvimos que acercamos a él. Nos tomamos una foto (la cual aún conservo), y le realizamos la entrevista que preparamos una vez que terminó su promoción (porque típico que había llegado muy atrasado y tenía que empezar lo antes posible). Después de esa experiencia sentí que quedé impregnada de poder, o sea, ya había conocido y compartido un breve momento con un político a mis diez años. Había subido de nivel... bueno, eso pensé en ese momento. Con el paso de los años me di cuenta de lo corriente y vacía que fue aquella experiencia, mientras tanto yo seguía siendo una niña, y ellos seguían jugando a velar por el país.
Mi segunda experiencia la viví el año 2010, cuando cursaba el segundo año de enseñanza media. La lectura que como curso nos correspondía realizar era "De amor y de sombra" de Isabel Allende. Esa autora me parecía familiar, tal vez era por un par de libros que mi mamá tenía en la biblioteca de la casa donde vivíamos. Para mí fue una experiencia transformadora. Por una parte, el lenguaje sencillo y atractivo que la autora ofrecía hizo que leyera rápidamente el libro. Por otra, la sorprendente conmoción que me llevé llegando a la parte final. Me explico: inicialmente pensé que solo se trataba de una intensa historia de amor, la cual me cautivó. Pero no. La historia, no sé cómo, comenzó a relatar crímenes cometidos durante la dictadura chilena iniciada el año 1973. Como parte de la ficción, la autora relataba el hallazgo de cadáveres escondidos por militares en una mina. Recuerdo que me dolió mucho leer aquel apartado. Recuerdo además, empatizar y sentir la desesperación de los personajes principales, sobretodo de Irene, la protagonista.
Para contextualizar, quisiera mencionar que mi madre y padre nunca me dieron a conocer de forma clara su postura respecto a todo aquello que se relacione a la dictadura. Tampoco creo que su postura fuera clara. Crecí en una casa en donde, tanto "la derecha" como "la izquierda" tenían aspectos positivos y negativos. Era común en mi casa escuchar y cantar "los viejos estandartes" y luego "el pueblo unido". De Pinochet se hablaba que "sí... hizo cosas malas, ¡pero el país estaba tan mal económicamente! ¡Él arregló la economía, Vane!". Esto explica lo impactante que fue para mí leer aquel libro. Sabía que habían pasado "cosas malas", que se vulneraron derechos de muchas personas. Es así como mi acercamiento a aquellas situaciones, mediante la literatura, se convirtió en una experiencia dolorosa e imborrable.
La tercera situación la viví el año 2013. Estaba cursando mi primer año de universidad y ya era mayor de edad. Recuerdo que estaba pasando un día domingo con "mi pololo" de ese entonces (de aquí en adelante C.) y la familia de su papá. Almorzamos muy tarde, situación que me tenía incómoda pues era día de elección presidencial (primera vuelta). Yo quería irme temprano para mi casa (que quedaba a una hora de donde estábamos) para alcanzar a votar. Sería primera vez que lo hacía, estaba emocionada por eso. "El tío" dijo que nos llevaría a mí y a C. a nuestras casas, y aprovecharía de votar también. Así, cuando nos retiramos, me sentí más aliviada porque según mis cálculos alcanzaría a votar. El tío y C. pasaron a votar a su comuna (distinta a la mía), y luego decidieron pasar a saludar a la familia materna de C. Yo pensé que si eran unos cinco o diez minutos alcanzaría... pero pasó más de una hora. Yo estaba enojadísima, indignada. Me sentí muy pasada a llevar por el tío. Pese a que con C. tratamos de que me fuera a dejar, el tío se mantuvo conversando con la familia materna de C. acerca de un tema que lo tenía complicado. Finalmente me fueron a dejar a mi casa, pero ya se había acabado el plazo para votar. Yo iba sentada en la corrida de atrás de la camioneta, no hablé en todo el camino (raro en mí en ese momento). Fui muy fría con el tío al despedirme, no le di ni las gracias. ¿Gracias por qué?, pensaba. Llegué a mi casa, saludé a mi familia, entré a mi pieza con la luz apagada y me eché sobre mi cama. Sentía pena e impotencia. Sabía que el tío la estaba pasando mal, pero pasó a llevar mi derecho a voto. Creo que nunca consideró la situación de desigualdad que estaba viviendo, pues él estaba a cargo de mí, yo dependía de él para volver a mi casa porque él quiso hacerse cargo. Esta situación constantemente vuelve a mi cabeza. Un voto no cambia nada. El sentirse apropiada de las decisiones políticas y ciudadanas sí. No siento, ni he sentido eso.
Como mencioné anteriormente, tengo la idea de que tres componentes van formando decisiones, estableciendo conjeturas. En este caso, tres situaciones perfilan y modelan el cómo me posiciono políticamente en el mundo: observadora a la distancia de lo que ocurre. ¿Será tiempo ya de cambiar?, ¿será que necesito tres nuevas vivencias? o ¿será que necesito liberarme de estas ternas?

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